Modelo angolana

El hecho tuvo lugar el jueves pasado, cerca de las dos de la tarde, cuando la temperatura rondaba los treinta y cinco grados. En los alrededores de la ciudad de Kipungo, al sur de Angola, junto a unos campos de mijo donde varios “agricultores” trabajaban la tierra. Me llamó la atención la escena y tomé unas fotos desde la distancia, una vez detuvimos el Hilux para coger unos datos de la geología de la zona.

Cuando estaba acabando el trabajo en aquel punto escuché una llamada desde la lejanía. Unos chiquillos me pedían agua mineral –el agua potable es un bien escaso en el interior rural angolano-. Siempre llevo abundantes botellas de agua mineral tanto grandes como pequeñas. En primer lugar para abastecimiento propio pero también si alguien me pide puedo ofrecer alguna botella. Una chiquilla con trenzas adornadas con pinzas de colores se acercó a recoger una botella de agua pequeña cuando se la ofrecí. Con ella venían un chico algo mayor que ella que sujetaba un bebé en brazos. También una joven. La niña sonrió, le pedí hacerle unas fotos y accedió. Enseguida el niño con el bebé en brazos se apuntó a la sesión fotográfica.

Al terminar les entregué sus botellas y volvieron sobre sus pasos, mientras la joven se quedaba expectante. Le ofrecí otra botella y también sonrió, aceptándola. Pero quería algo más, me pareció que era guapa y así se lo dije. Tímida, no se atrevía a pedirme que le hiciera una foto. Se lo pedí. Estoy descalza, fue su respuesta. No importa, sólo voy a fotografiar tu rostro y tu peinado. No se hizo de rogar más. En pocos instantes se dispuso a posar como si fuera una modelo de Vogue.

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Al acabar, recogió su botella, sonrió otra vez y regresó a su trabajo. Volvió a coger su azada de dos mangos y se puso a entrecavar las matas de mijo junto con otras chicas y unos cuantos niños pequeños. Ni un solo joven, ni un hombre.

Sin haberlo planeado, la chica del moño de trenzas recogidas, suéter marrón y falda clara ocupaba el centro de todas las fotos que había tomado del campo de mijo. Era de esperar. La chica estaba al mando del atajo de niñas y críos, incluidos bebés, que trabajaban la tierra.

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