Ser mujer en África

Sucedió a última hora del día, cuando ya el Sol empieza a caer en el trópico. Y lo hace muy rápidamente, en apenas veinte minutos el astro recorre el mismo ángulo que en la península Ibérica tarda dos horas. Trabajaba en el último afloramiento del día, la última estación antes de finalizar la jornada y regresar al descanso cuando, como suele suceder cuando estoy cerca de zonas habitadas, los niños, los jóvenes y algunos adultos se acercan a ver que hago. En las zonas interiores y rurales de Angola no hay muchos blancos y menos aún que trabajen a la vista de todos con llamativos coches todoterreno.

Así que no me sorprendió que, mientras golpeaba con la maza un bloque de anortositas, notara la presencia en las proximidades de algunos niños. Al terminar levanté la vista, estaba seguro de encontrar algunos niños observándome después de dejar sus juegos infantiles. No eran niños, eran cuatro niñas, alguna casi un bebé que me miraban con cara de asombro. Mas o menos el mismo rictus de sorpresa que debí de poner yo al ver a las cuatro criaturas con varios recipientes en la cabeza. Una de ellas, la mayor, con un recipiente para líquidos y una lata metálica en la cabeza. A su izquierda, otra de las niñas con varios objetos de plástico sobre un plato circular, también de plástico. Detrás, escondida, la niña más pequeña, que apenas se atrevía a mirar entre sus compañeras mayores, también portaba una especie de plato o tape donde transportaba otros objetos que no acerté a vislumbrar.

Pero la que me llamó con mayor atención fue la criatura situada a la derecha de todas ellas. Además de llevar con garbo una lata metálica en la cabeza, vestía la faja con la que las mujeres llevan a su bebé a la espalda. Un trozo de tela alargado que enrollan con gran pericia a su tronco para sujetar a su hijos o hermanos… es posible que esta niña llevara la faja porque hubiera tenido que transportar a algún hermano o hermana pequeña.

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Jugando a ser mujeres, o quizás aprendiendo a ser como sus madres. Van de un lado a otro del África subsahariana con un niño a la espalda y una gavilla de leña en la cabeza, un cubo lleno de mangos para vender en el mercado, una garrafa de gasolina que vender a la puerta de casa a las miles de motocicletas que recorren los caminos, o simplemente un hato de ropa que acaban de lavar en el riachuelo más cercano. No se ve una mujer en las veredas al lado de las escasas carreteras asfaltadas, en las pistas de tierra o entre los railes del ferrocarril sin mercancía en la cabeza.

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Las mujeres en el África negra sostienen las familias con su trabajo y su esfuerzo, mientras los hombres sestean bajo los árboles o a las puertas de las janelas donde se venden las cervezas y las gaseosas –refrescos-. Es lo que intentan aprender las niñas que me miraban a unos metros de distancia con asombro. Ojalá que los esfuerzos educativos y de modernización que Angola está haciendo en los últimos dieciseis años, años sin guerra, obtengan recompensa en estas niñas.

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