Angeólogo

El avión acaba de despegar del aeropuerto. Cuando tome tierra lo hará, dentro de casi ocho horas, en otro continente, en otra cultura, en otra realidad física. Volamos hacia Angola, al sur del continente africano, la antigua colonia africana derruida durante cuarenta años de guerra civil interminable. Ahora el país, estable en la paz, avanza en expansión gracias al petróleo. Desconozco qué es lo que vamos a encontrar, no consigo hacerme una idea a pesar de los comentarios de otros compañeros que ya conocen la zona, la lectura de la única guía de viaje que he conseguido encontrar y el repaso a algunos documentales de variada temática angoleña que pueden verse en internet. Ni siquiera el relato de Kapuzinsky de los días previos a la independencia en Luanda me ha permitido hacerme una composición dela realidad angoleña, sin duda muy diferente en algunos aspectos a la realidad que él vivió. En otros es posible que no. “Más tarde, cuando se hubieron marchado todos los panaderos, fontaneros, electricistas, carteros y porteros, la ciudad de piedra perdió su razón de ser, el sentido de su existencia”.

Es imposible que pueda ayudarme. Han pasado más de cuarenta años desde aquellos meses en los que el reportero polaco registró la huida de las familias portuguesas y la llegada a golpe de artillería de las diversas tropas independentistas que, finalmente, acabaron por batallar en encarnizados combates entre ellos.

Mi ignorancia no es sólo en cuanto a la realidad del país, sus gentes, su cultura, su tradición, su historia. Va mucho más allá. Tiene que ver con el desconocimiento al que me voy a enfrentar en una geología muy diferente a la que estoy acostumbrado. He leído varios trabajos sobre la zona, he trabajado con algunas cartografías previas, levantadas por los portugueses en la época colonial; me he han explicado algunos detalles que serán útiles cuando esté en el campo sobre el terreno. Pero poco de eso ayuda cuando pienso que voy a encontrar rocas formadas hace más de dos mil millones de años. Aproximadamente la mitad de la edad de la Tierra, de 4600 millones de años. Nunca antes he tenido que cartografiar unas formaciones geológicas tan antiguas. Rocas que albergan buena parte de la historia del planeta, que explican la formación del continente africano, su evolución, su morfología actual. Sólo imaginar el tiempo geológico que esas rocas representan produce vértigo. Intentar responder a estas cuestiones con ayuda de mis conocimientos, de la ayuda de otros que me precedieron y algunas nuevas técnicas en un reto…Geólogo en Angola… Angeólogo o angólogo. Como se prefiera.

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El camino del Samurai

Hace unos días pasaron, en uno de los múltiples canales cinematográficos de la cadenas de televisión de pago, una película americana titulada “Ghost dog: El camino del Samurai”, realizada por un director independiente, experto e interesante como Jim Jarmush y protagonizada por Forest Whitaker. El argumento se centra en la historia de un asesino a sueldo, meticuloso, solitario y aficionado al hip-hop, que vive en una azotea rodeado de palomas mensajeras. Un buen día, cuando el asesino era todavía un niño, un mafioso le salva la vida y desde ese momento el asesino decide convertirse en su vasallo, en su siervo. Ya crecido, se presenta ante él convirtiéndolo en su señor a la usanza de los antiguos samuráis con su señor feudal. Sin embargo, en uno de los trabajos que le encarga el mafioso por mandato del jefe del clan mafioso, se encuentra con alguien que no debería, la hija del jefe de la mafia, que observa como el asesino cumple el encargo. A partir de ese momento, todo el clan mafioso se vuelve contra él, con la intención de matarlo, por el riesgo sufrido por la hija del jefe. Esta casualidad hace que se vea envuelto en un conflicto de intereses entre seguir el código del samurai y servir al mafioso que le salvó la vida o centrarse en su enfrentamiento con la banda y salvar su propio pellejo.  También, para el mafioso, se bifurca el camino: entre ayudar al asesino vasallo o ayudar a su banda.

En todas las crónicas y críticas de esta película se menciona una anterior como uno de sus referentes. Se trata de “Le samuraï”, del director francés Jean-Pierre Melville, llamada en España “El silencio de un hombre” (Por una vez, la traducción del titulo al castellano mejoró el original). Protagonizada por Alain Delon, también en el papel de un asesino a sueldo, es sin duda uno de los mejores papeles de su carrera. Una película de culto, muy por encima de “El camino del samurai” de Jarmusch.

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No son estas las únicas películas occidentales que se fijan o toman como referente la vida, código y costumbres de los antiguos guerreros japoneses. Son varias dentro del cine occidental (Ronin, El último samurai –versión Tom Cruise y la cienciología-, etc.)

Sin embargo, y a pesar de todos los envoltorios con los que se pretende reflejar la vida de estos guerreros dentro de un contexto actual y desde un punto de vista occidental, estos intentos se quedan muy alejados de lo que debía ser la tradición y cultura de estos guerreros. Por mucho que Forest Whitaker no deje de leer pasajes del Hagakure, la obra literaria inspirada en el código Bushido, el código samurai, o de la cita, también del Bushido, con la que se inicia “Le samuraï”, la realidad es que la mayor parte de los intentos de acercamiento de la cultura occidental, y mas en concreto, del cine europeo y americano se quedan en fuegos de artificio, bocetos que solamente rascan en las cualidades y formas mas superficiales de la cultura samurai: La soledad, el sometimiento al jefe y una extraña manera de entender el honor y la valentía con una pistola en la mano. Poco más. Como muchos otros héroes de la tradición grecolatina, los samuráis se han convertido en héroes de pacotilla, pero héroes que necesita la sociedad moderna, como también lo son los indios americanos.

Resulta sorprendente que estos héroes samuráis, en la mayoría de los casos, sean asesinos a sueldo, y cuando no, delincuentes por encargo. Más o menos como la sociedad occidental piensa que debían ser los samuráis. Asesinos, sí… pero con un supercódigo de honor y comportamiento que les convertía en héroes. Pura filfa.

Ya se quejaba Yukio Mishima de ésta banalidad con la que la cultura occidental  trata la cultura japonesa. Cuenta que un día conversaba sobre espadas japonesas con una dama de la nobleza inglesa. La señora le preguntó: “Cómo se combate con este arma”. Entonces el escritor desenvainó la espada y le mostró un golpe oblicuo. La señora palideció y estuvo a punto de desmayarse. En aquel momento, cuenta Mishima, se dio cuenta de que lo que les interesaba a los occidentales era sólo la espada, no la cultura que está detrás de ella. Para los occidentales, los samuráis son nobles salvajes. Mishima se suicidó según el código Bushido, incapaz de entender la sociedad occidental y la suya propia, occidentalizada después de la 2ª Guerra Mundial. Si se hubiera levantado de la tumba, hubiera ido al cine y se hubiera encontrado con “El camino del samurái”, se habría vuelto a hacer el seppuku; y si además hubiera leído la crónica de un crítico papanatas de cine en un diario español sobre la película, directamente se habría abierto las venas con los dientes, sentado en la butaca: “Film formidable, irónico, tierno, trascendental y ligero a la vez”. A mí me dan ganas de coger mi shinai y darle con él en la cabeza, al crítico, un golpe ligero y trascendental a ver si se le quita la tontería.