Las flores y las colinas de O’Keeffe

Una de las mejores exposiciones que pueden verse este año es la exposición que la Tate Modern dedica a la pintora norteamericana Georgia O’Keeffe. No es la primera pintora en la historia de la pintura, pero probablemente si es la primera que tuvo conciencia de su condición de mujer y la plasmó en sus cuadros. Las pinturas de O’Keeffe siempre han sido leídas como manifestaciones de la sexualidad femenina. Especialmente los cuadros de su primera época, ocupados de lirios y petunias que evocan los órganos sexuales femeninos. ¿Son flores o son vaginas? Es la pregunta que se han hecho muchos observadores delante de estos cuadros. Una pregunta que ha ocultado durante años la realidad de la pintura de O´Keeffe, reduciendo su trabajo a una única cuestión.

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Sin embargo, O’Keeffe fue mucho más que sus imágenes equívocas de petunias y estramonios. Trasladada a Nueva York reemplazó estos evocadores cuadros por los paisajes urbanos y después por los cráneos de vaca y huesos de animales al asentarse en el desierto de Nuevo México; para finalizar sus años interpretando las colinas de arcillas erosionadas y labradas por el agua que rodean el rancho dónde vivió.

Esta exposición desafía la idea establecida, conservadora y ampliamente aceptada de que la pintura de O’Keeffe es sólo una representación de los genitales femeninos, estudios cercanos y reiterados de la vulva femenina. Una teoría freudiana que fue expuesta por primera vez en 1919 por Alfred Stieglitz, el fotógrafo que primero ayudó a expandir el trabajo de O’Keeffe y después se convirtió en su marido. La Tate Modern permite una lectura múltiple del trabajo de la pintora americana, algo que le ha sido negado en el pasado como artista femenina, cuando a cualquier artista masculino se le permiten lecturas en varios niveles.

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Sin embargo, al detenerme delante de uno de sus magníficos cuadros de las colinas de bad-lands de Nuevo México, en los alrededores de su residencia en Ghost Ranch, una idea revolotea en mi cabeza: Es una colina erosionada por el agua, con cárcavas y acanaladuras como muchas que se pueden contemplar en los desiertos, una típica forma erosiva en formaciones arcillosas. No tengo dudas, y sin embargo, al contemplar el cuadro de O’Keeffe viene a mi mente la imagen de una mujer embarazada, como si la colina estriada fuera el vientre preñado de la tierra. Y al fondo, dos montañas que podrían recordar los pechos de una mujer. ¿Dejó alguna vez de pintar la sexualidad femenina?