Quipungo

Quipungo es el nombre de la hoja a escala 1:250.000 en la que he estado trabajando los últimos 60 días, además de otros 30 el año pasado. Como suele ser habitual, el nombre que da nombre a la hoja es el nombre de la ciudad más importante que se incluye en su cartografía. Tchipungo creo que es el nombre indígena, si es que el idioma ñañeque, común de esta zona, puede asociarse a una grafía occidental.

Es la “folha” en la que he trabajado las últimas semanas, como otros de mis compañeros del IGME-UTE Planageo, lo han estado haciendo en otras hojas, de nombres tan angolanos como Matala, Lubango, Namibe, Benguela u Oncocua. Nombres la mayoría de ellos rebautizados a los idiomas indígenas después de la independencia.  Como es el caso de la antigua ciudad portuguesa de Sá de Bandeira.

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Lo he pasado mal recorriendo sus estradas, algunas de ellas consideradas carreteras nacionales o provinciales, cuando sólo son pistas de tierra llenas de baches con agua, barro y agujeros (“buracos”) por todas partes. He tenido que sortear, con ayuda de mi motorista, las estrechas sendas que los interminables campos de mijo apenas permiten entre un sembrado y otro. He tenido que vadear algunos ríos sin saber si la Toyota Hilux sería capaz de pasar sin ser arrastrada por la corriente o simplemente se iba a llenar de agua el motor. Otras veces el cauce del río dejaba claro que teníamos que dar la vuelta, con la consiguiente frustración y pérdida de tiempo. En otros casos, hemos tenido que pasar algunos puentes sin tener la certeza de que su estructura de barro y palos de madera sería capaz de aguantar nuestro peso. Y en algún caso nos hemos quedado encallados en el barro.

Pero ahora, cuando apenas quedan unos pocos días para concluir la campaña y los riesgos a tomar son mínimos, echo la vista atrás, rememoro los momentos pasados y vislumbro el paisaje y la tierra que he recorrido.  Es ahora, cuando el trabajo está casi concluido, cuando disfruto del recuerdo del paisaje y de sus gentes. Pero sobre todo, del esfuerzo y el trabajo realizados. Como supongo que lo estarán disfrutando todos mis compañeros.

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Modelo angolana

El hecho tuvo lugar el jueves pasado, cerca de las dos de la tarde, cuando la temperatura rondaba los treinta y cinco grados. En los alrededores de la ciudad de Kipungo, al sur de Angola, junto a unos campos de mijo donde varios “agricultores” trabajaban la tierra. Me llamó la atención la escena y tomé unas fotos desde la distancia, una vez detuvimos el Hilux para coger unos datos de la geología de la zona.

Cuando estaba acabando el trabajo en aquel punto escuché una llamada desde la lejanía. Unos chiquillos me pedían agua mineral –el agua potable es un bien escaso en el interior rural angolano-. Siempre llevo abundantes botellas de agua mineral tanto grandes como pequeñas. En primer lugar para abastecimiento propio pero también si alguien me pide puedo ofrecer alguna botella. Una chiquilla con trenzas adornadas con pinzas de colores se acercó a recoger una botella de agua pequeña cuando se la ofrecí. Con ella venían un chico algo mayor que ella que sujetaba un bebé en brazos. También una joven. La niña sonrió, le pedí hacerle unas fotos y accedió. Enseguida el niño con el bebé en brazos se apuntó a la sesión fotográfica.

Al terminar les entregué sus botellas y volvieron sobre sus pasos, mientras la joven se quedaba expectante. Le ofrecí otra botella y también sonrió, aceptándola. Pero quería algo más, me pareció que era guapa y así se lo dije. Tímida, no se atrevía a pedirme que le hiciera una foto. Se lo pedí. Estoy descalza, fue su respuesta. No importa, sólo voy a fotografiar tu rostro y tu peinado. No se hizo de rogar más. En pocos instantes se dispuso a posar como si fuera una modelo de Vogue.

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Al acabar, recogió su botella, sonrió otra vez y regresó a su trabajo. Volvió a coger su azada de dos mangos y se puso a entrecavar las matas de mijo junto con otras chicas y unos cuantos niños pequeños. Ni un solo joven, ni un hombre.

Sin haberlo planeado, la chica del moño de trenzas recogidas, suéter marrón y falda clara ocupaba el centro de todas las fotos que había tomado del campo de mijo. Era de esperar. La chica estaba al mando del atajo de niñas y críos, incluidos bebés, que trabajaban la tierra.

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Ser mujer en África

Sucedió a última hora del día, cuando ya el Sol empieza a caer en el trópico. Y lo hace muy rápidamente, en apenas veinte minutos el astro recorre el mismo ángulo que en la península Ibérica tarda dos horas. Trabajaba en el último afloramiento del día, la última estación antes de finalizar la jornada y regresar al descanso cuando, como suele suceder cuando estoy cerca de zonas habitadas, los niños, los jóvenes y algunos adultos se acercan a ver que hago. En las zonas interiores y rurales de Angola no hay muchos blancos y menos aún que trabajen a la vista de todos con llamativos coches todoterreno.

Así que no me sorprendió que, mientras golpeaba con la maza un bloque de anortositas, notara la presencia en las proximidades de algunos niños. Al terminar levanté la vista, estaba seguro de encontrar algunos niños observándome después de dejar sus juegos infantiles. No eran niños, eran cuatro niñas, alguna casi un bebé que me miraban con cara de asombro. Mas o menos el mismo rictus de sorpresa que debí de poner yo al ver a las cuatro criaturas con varios recipientes en la cabeza. Una de ellas, la mayor, con un recipiente para líquidos y una lata metálica en la cabeza. A su izquierda, otra de las niñas con varios objetos de plástico sobre un plato circular, también de plástico. Detrás, escondida, la niña más pequeña, que apenas se atrevía a mirar entre sus compañeras mayores, también portaba una especie de plato o tape donde transportaba otros objetos que no acerté a vislumbrar.

Pero la que me llamó con mayor atención fue la criatura situada a la derecha de todas ellas. Además de llevar con garbo una lata metálica en la cabeza, vestía la faja con la que las mujeres llevan a su bebé a la espalda. Un trozo de tela alargado que enrollan con gran pericia a su tronco para sujetar a su hijos o hermanos… es posible que esta niña llevara la faja porque hubiera tenido que transportar a algún hermano o hermana pequeña.

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Jugando a ser mujeres, o quizás aprendiendo a ser como sus madres. Van de un lado a otro del África subsahariana con un niño a la espalda y una gavilla de leña en la cabeza, un cubo lleno de mangos para vender en el mercado, una garrafa de gasolina que vender a la puerta de casa a las miles de motocicletas que recorren los caminos, o simplemente un hato de ropa que acaban de lavar en el riachuelo más cercano. No se ve una mujer en las veredas al lado de las escasas carreteras asfaltadas, en las pistas de tierra o entre los railes del ferrocarril sin mercancía en la cabeza.

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Las mujeres en el África negra sostienen las familias con su trabajo y su esfuerzo, mientras los hombres sestean bajo los árboles o a las puertas de las janelas donde se venden las cervezas y las gaseosas –refrescos-. Es lo que intentan aprender las niñas que me miraban a unos metros de distancia con asombro. Ojalá que los esfuerzos educativos y de modernización que Angola está haciendo en los últimos dieciseis años, años sin guerra, obtengan recompensa en estas niñas.

John Berger y Bacon

Ayer murió John Berger. Un deceso que, aunque ha ocupado algunos espacios en los medios de comunicación, apenas ha representado un pequeño homenaje a su figura. Sobre todo si se le compara con los grandes titulares que han acaparado a los largo del año pasado otros decesos de escritores, músicos y, en general, otros creadores.

Berger fue un importante escritor inglés. A decir de los críticos, el mejor escritor británico de su generación. Sin embargo, siendo esta una faceta importante de su trabajo, su mayor importancia radica en su condición de ensayista y crítico de arte. También pintor, dibujante, poeta y agitador social y cultural. Tuvo un inmenso impacto en el mundo del arte con su ensayo sobre los “Modos de ver”, en el que analiza como nuestra manera –o modo- de ver una pintura al óleo se refleja en la interpretación de aquello que vemos. Ese ensayo y la subsiguiente serie de televisión marcaron un hito, hoy día indispensable,en la teoría del arte y de la comunicación visual, influyendo en muchos aspectos culturales que sobrepasan la idea inicial de los cuatro artículos que componen el ensayo.

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Su pensamiento y sus ideas fueron evolucionando a lo largo del tiempo hasta dar forma y profundidad a uno de los más extensos y homogéneos trabajos sobre la forma de encarar la visión y el disfrute de la pintura. Nada mejor para expresar esta idea que su relación con las pinturas de Francis Bacon. En alguna de sus primeras interpretaciones del pintor irlandés consideraba que solamente pretendía provocar conmoción en el público; sosteniendo que su atractivo pronto desparecería. Con el paso del tiempo su percepción de la pintura de Bacon fue evolucionando hasta considerarlo un artista esencial de la pintura moderna. Un pintor que, con el horror de sus cuadros, reflejaba la alienación contemporánea en opinión del escritor británico. Algo que según Berger, también reflejaba  Walt Disney en sus películas y dibujos animados. Resaltaba las sorprendentes similitudes formales entre los cuadros de Bacon y los dibujos de Disney, con parecidos en las figuras humanas, la distorsión de los miembros, la utilización de los ropajes e incluso la gama de colores utilizados en ambos casos. Dos artistas, en opinión de Berger, con la misma actitud frente a la violencia y alienación contemporánea.

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Berger consideraba el Prado el mejor y más importante de los museos del mundo, habiendo paseado innumerables veces por sus salas y analizando muchos de sus cuadros en sus ensayos. Pero siempre con público, que lo consideraba un reflejo de la sociedad española. Por su parte, Francis Bacon solía pasear también por las salas del Prado, pero a solas, cuando ya las puertas estaban cerradas –privilegios de los genios-, y se detenía a contemplar en silencio los cuadros de Velázquez. Nunca coincidieron en sus visitas, pero de haberlo hecho, hubiera dado cualquier cosa por haber podido acompañarlos y escuchar sus comentarios.

Angeólogo

El avión acaba de despegar del aeropuerto. Cuando tome tierra lo hará, dentro de casi ocho horas, en otro continente, en otra cultura, en otra realidad física. Volamos hacia Angola, al sur del continente africano, la antigua colonia africana derruida durante cuarenta años de guerra civil interminable. Ahora el país, estable en la paz, avanza en expansión gracias al petróleo. Desconozco qué es lo que vamos a encontrar, no consigo hacerme una idea a pesar de los comentarios de otros compañeros que ya conocen la zona, la lectura de la única guía de viaje que he conseguido encontrar y el repaso a algunos documentales de variada temática angoleña que pueden verse en internet. Ni siquiera el relato de Kapuzinsky de los días previos a la independencia en Luanda me ha permitido hacerme una composición dela realidad angoleña, sin duda muy diferente en algunos aspectos a la realidad que él vivió. En otros es posible que no. “Más tarde, cuando se hubieron marchado todos los panaderos, fontaneros, electricistas, carteros y porteros, la ciudad de piedra perdió su razón de ser, el sentido de su existencia”.

Es imposible que pueda ayudarme. Han pasado más de cuarenta años desde aquellos meses en los que el reportero polaco registró la huida de las familias portuguesas y la llegada a golpe de artillería de las diversas tropas independentistas que, finalmente, acabaron por batallar en encarnizados combates entre ellos.

Mi ignorancia no es sólo en cuanto a la realidad del país, sus gentes, su cultura, su tradición, su historia. Va mucho más allá. Tiene que ver con el desconocimiento al que me voy a enfrentar en una geología muy diferente a la que estoy acostumbrado. He leído varios trabajos sobre la zona, he trabajado con algunas cartografías previas, levantadas por los portugueses en la época colonial; me he han explicado algunos detalles que serán útiles cuando esté en el campo sobre el terreno. Pero poco de eso ayuda cuando pienso que voy a encontrar rocas formadas hace más de dos mil millones de años. Aproximadamente la mitad de la edad de la Tierra, de 4600 millones de años. Nunca antes he tenido que cartografiar unas formaciones geológicas tan antiguas. Rocas que albergan buena parte de la historia del planeta, que explican la formación del continente africano, su evolución, su morfología actual. Sólo imaginar el tiempo geológico que esas rocas representan produce vértigo. Intentar responder a estas cuestiones con ayuda de mis conocimientos, de la ayuda de otros que me precedieron y algunas nuevas técnicas en un reto…Geólogo en Angola… Angeólogo o angólogo. Como se prefiera.

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El camino del Samurai

Hace unos días pasaron, en uno de los múltiples canales cinematográficos de la cadenas de televisión de pago, una película americana titulada “Ghost dog: El camino del Samurai”, realizada por un director independiente, experto e interesante como Jim Jarmush y protagonizada por Forest Whitaker. El argumento se centra en la historia de un asesino a sueldo, meticuloso, solitario y aficionado al hip-hop, que vive en una azotea rodeado de palomas mensajeras. Un buen día, cuando el asesino era todavía un niño, un mafioso le salva la vida y desde ese momento el asesino decide convertirse en su vasallo, en su siervo. Ya crecido, se presenta ante él convirtiéndolo en su señor a la usanza de los antiguos samuráis con su señor feudal. Sin embargo, en uno de los trabajos que le encarga el mafioso por mandato del jefe del clan mafioso, se encuentra con alguien que no debería, la hija del jefe de la mafia, que observa como el asesino cumple el encargo. A partir de ese momento, todo el clan mafioso se vuelve contra él, con la intención de matarlo, por el riesgo sufrido por la hija del jefe. Esta casualidad hace que se vea envuelto en un conflicto de intereses entre seguir el código del samurai y servir al mafioso que le salvó la vida o centrarse en su enfrentamiento con la banda y salvar su propio pellejo.  También, para el mafioso, se bifurca el camino: entre ayudar al asesino vasallo o ayudar a su banda.

En todas las crónicas y críticas de esta película se menciona una anterior como uno de sus referentes. Se trata de “Le samuraï”, del director francés Jean-Pierre Melville, llamada en España “El silencio de un hombre” (Por una vez, la traducción del titulo al castellano mejoró el original). Protagonizada por Alain Delon, también en el papel de un asesino a sueldo, es sin duda uno de los mejores papeles de su carrera. Una película de culto, muy por encima de “El camino del samurai” de Jarmusch.

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No son estas las únicas películas occidentales que se fijan o toman como referente la vida, código y costumbres de los antiguos guerreros japoneses. Son varias dentro del cine occidental (Ronin, El último samurai –versión Tom Cruise y la cienciología-, etc.)

Sin embargo, y a pesar de todos los envoltorios con los que se pretende reflejar la vida de estos guerreros dentro de un contexto actual y desde un punto de vista occidental, estos intentos se quedan muy alejados de lo que debía ser la tradición y cultura de estos guerreros. Por mucho que Forest Whitaker no deje de leer pasajes del Hagakure, la obra literaria inspirada en el código Bushido, el código samurai, o de la cita, también del Bushido, con la que se inicia “Le samuraï”, la realidad es que la mayor parte de los intentos de acercamiento de la cultura occidental, y mas en concreto, del cine europeo y americano se quedan en fuegos de artificio, bocetos que solamente rascan en las cualidades y formas mas superficiales de la cultura samurai: La soledad, el sometimiento al jefe y una extraña manera de entender el honor y la valentía con una pistola en la mano. Poco más. Como muchos otros héroes de la tradición grecolatina, los samuráis se han convertido en héroes de pacotilla, pero héroes que necesita la sociedad moderna, como también lo son los indios americanos.

Resulta sorprendente que estos héroes samuráis, en la mayoría de los casos, sean asesinos a sueldo, y cuando no, delincuentes por encargo. Más o menos como la sociedad occidental piensa que debían ser los samuráis. Asesinos, sí… pero con un supercódigo de honor y comportamiento que les convertía en héroes. Pura filfa.

Ya se quejaba Yukio Mishima de ésta banalidad con la que la cultura occidental  trata la cultura japonesa. Cuenta que un día conversaba sobre espadas japonesas con una dama de la nobleza inglesa. La señora le preguntó: “Cómo se combate con este arma”. Entonces el escritor desenvainó la espada y le mostró un golpe oblicuo. La señora palideció y estuvo a punto de desmayarse. En aquel momento, cuenta Mishima, se dio cuenta de que lo que les interesaba a los occidentales era sólo la espada, no la cultura que está detrás de ella. Para los occidentales, los samuráis son nobles salvajes. Mishima se suicidó según el código Bushido, incapaz de entender la sociedad occidental y la suya propia, occidentalizada después de la 2ª Guerra Mundial. Si se hubiera levantado de la tumba, hubiera ido al cine y se hubiera encontrado con “El camino del samurái”, se habría vuelto a hacer el seppuku; y si además hubiera leído la crónica de un crítico papanatas de cine en un diario español sobre la película, directamente se habría abierto las venas con los dientes, sentado en la butaca: “Film formidable, irónico, tierno, trascendental y ligero a la vez”. A mí me dan ganas de coger mi shinai y darle con él en la cabeza, al crítico, un golpe ligero y trascendental a ver si se le quita la tontería.

El geólogo stalker

Andreï Arsenievitch Tarkovski nació el 4 de abril de 1932 en Zarraje, una pequeña ciudad junto al Volga. Estudió geología y al acabar sus estudios se enroló durante los años 1954-56 en una expedición geológica al rio Kureikye, en la provincia de Krasnoyarskse, Siberia. Al acabar, decidió matricularse en el prestigioso Instituto Estatal de Cinematografía (VGIK) para prepararse como director de cine.

Stalker es la sexta película de Tarkovski y probablemente la mejor. Acechador podría ser la traducción más fiable del título de la película en la que el argumento gira en torno a “la zona”, un espacio cerrado y protegido por soldados en la que se rumorea que cayó un meteorito o se cree que estuvo habitada por una civilización extraterrestre. Está prohibido entrar en “la zona” pero un escritor y un profesor deciden romper la ley y penetrar dentro ayudados por un guía, un stalker. En Stalker el peligro se presiente en todas partes, pero no se ve, no tiene cara. Sin embargo, el paisaje si tiene rostro. Un paisaje sin fin, sin horizonte, sin norte. Hay un montón de tanques, fábricas, tubos gigantes, un ferrocarril, un cadáver, un perro, un teléfono que todavía funciona… Todo inservible, desechos industriales que están siendo invadidos por la naturaleza que los traga y los convierte en historia natural.

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Este paisaje industrial fosilizado, este rincón del siglo XX, se ha convertido en un nivel geológico a los ojos del geólogo Tarkovski; quién se adelantó a la ciencia que estudia la Tierra cuando contempla el paisaje antropizado de “la zona” como un estrato, una capa con significado geológico. Estratos generados por la actividad humana que han llevado recientemente a los especialistas a pedir la declaración del Antropoceno como una nueva época geológica. Sostienen que el Holoceno acabó en 1950 y que, desde entonces, los nuevos estratos están afectados por la actividad humana. Desde las partículas radioactivas que cada explosión nuclear ha esparcido por el globo hasta los grandes movimientos de tierras en las obras públicas. También las ciudades, que están generando sus propios estratos con la fosilización de arcillas, metales, vidrios, plásticos y toda clase de desechos. Finalmente, la ocupación agrícola de inmensas porciones de la superficie terrestre aportan nuevos rasgos a las capas más recientes.

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Tarkovski se adelantó a estos especialistas que han pedido en 2016 la declaración del Antropoceno. Él ya señaló en su película de anticipación las consecuencias de la actividad humana en el registro geológico. No es de extrañar que el filósofo francés Gilles Deleuze utilizara las películas del geólogo ruso para explicar su teoría de la “imagen-tiempo” en la que considera que la vida y las imágenes de un film son una sucesión de capas como en la estratigrafía geológica.

El geólogo aristocrático

“Soy un esteta a la antigua usanza, alguien que vive y trabaja por la belleza”. Quien así se define es el coleccionista, bibliófilo, editor de arte y diseñador gráfico italiano Franco MariaRicci. El mayor editor del mundo, según los entendidos y cualquiera que pueda sostener en sus manos alguna de las obras que Ricci ha editado. O más fácilmente alguno de los ejemplares de su revista FMR. Alguien que ha hecho de la belleza su pasión vital.

Pero antes que editor, Franco María Ricci fue geólogo, titulado en geología en la Universidad de Parma en los primeros años 60 del pasado siglo. Trabajó varios años en la industria petrolífera.En aquella época era conocido como “el geólogo aristocrático”, dada su ascendencia y la afición que los geólogos tienen por apodarse a sí mismos. Y fue precisamente la geología la que le llevó a su profesión. Trabajando en una concesión petrolífera de GulfOil en Diyarbakir, en Turquía, descubrió el arte de la civilización hitita y el río Tigris; el lugar más oriental hasta el que llegaron sus antecesores, los romanos. Entusiasmado por aquellos descubrimientos, de regreso a Italia enfermo de viruela contraída en su trabajo, decidió convertirse en ilustrador y posteriormente en editor.

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Volevo fare il geologo, poi ho capito che dovevo dedicare la mia vita alla bellezza.  Yo quería ser un geólogo, pero entonces me di cuenta de que debía dedicar mi vida a la belleza. Sin embargo, a pesar de sus palabras, a lo largo de su vida no ha dejado de alimentar su pasión por la geología. Especialmente por los laberintos cársticos que la disolución de las calizas deja en el interior de la tierra. Pasión por los laberintos naturales, y también artificiales, que le ha llevado a diseñar y construir el mayor laberinto de la actualidad. Un laberinto de cañas de bambú soñado por otro amante de estos espacios, Jorge Luis Borges.

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Las flores y las colinas de O’Keeffe

Una de las mejores exposiciones que pueden verse este año es la exposición que la Tate Modern dedica a la pintora norteamericana Georgia O’Keeffe. No es la primera pintora en la historia de la pintura, pero probablemente si es la primera que tuvo conciencia de su condición de mujer y la plasmó en sus cuadros. Las pinturas de O’Keeffe siempre han sido leídas como manifestaciones de la sexualidad femenina. Especialmente los cuadros de su primera época, ocupados de lirios y petunias que evocan los órganos sexuales femeninos. ¿Son flores o son vaginas? Es la pregunta que se han hecho muchos observadores delante de estos cuadros. Una pregunta que ha ocultado durante años la realidad de la pintura de O´Keeffe, reduciendo su trabajo a una única cuestión.

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Sin embargo, O’Keeffe fue mucho más que sus imágenes equívocas de petunias y estramonios. Trasladada a Nueva York reemplazó estos evocadores cuadros por los paisajes urbanos y después por los cráneos de vaca y huesos de animales al asentarse en el desierto de Nuevo México; para finalizar sus años interpretando las colinas de arcillas erosionadas y labradas por el agua que rodean el rancho dónde vivió.

Esta exposición desafía la idea establecida, conservadora y ampliamente aceptada de que la pintura de O’Keeffe es sólo una representación de los genitales femeninos, estudios cercanos y reiterados de la vulva femenina. Una teoría freudiana que fue expuesta por primera vez en 1919 por Alfred Stieglitz, el fotógrafo que primero ayudó a expandir el trabajo de O’Keeffe y después se convirtió en su marido. La Tate Modern permite una lectura múltiple del trabajo de la pintora americana, algo que le ha sido negado en el pasado como artista femenina, cuando a cualquier artista masculino se le permiten lecturas en varios niveles.

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Sin embargo, al detenerme delante de uno de sus magníficos cuadros de las colinas de bad-lands de Nuevo México, en los alrededores de su residencia en Ghost Ranch, una idea revolotea en mi cabeza: Es una colina erosionada por el agua, con cárcavas y acanaladuras como muchas que se pueden contemplar en los desiertos, una típica forma erosiva en formaciones arcillosas. No tengo dudas, y sin embargo, al contemplar el cuadro de O’Keeffe viene a mi mente la imagen de una mujer embarazada, como si la colina estriada fuera el vientre preñado de la tierra. Y al fondo, dos montañas que podrían recordar los pechos de una mujer. ¿Dejó alguna vez de pintar la sexualidad femenina?